viernes, 18 de mayo de 2007

AUTOESTIMA

TE QUIERO POR SER QUIEN ERES
Claves para fomentar la autoestima en nuestros hijos.

Autor.- José María Jiménez Ruiz

Todos guardamos en los archivos de nuestra alma la experiencia gratificante de miradas, gestos, palabras o actitudes que explícitamente reconocían nuestra dignidad, estimulando así nuestro propio aprecio. Casi todos nosotros hemos experimentado también, en algunas ocasiones, los efectos altamente perniciosos que produjeron en nosotros comportamientos, discursos, acciones u omisiones que vulneran esa misma dignidad poniendo en tela de juicio nuestro valor como personas. …

Importancia de la autoestima en el desarrollo personal
Muchos de los clientes, en efecto, que llegan a los despachos de los psicólogos descubren en su propia autoestima la raíz fundamental de sus quebrantos: “Si yo de niño hubiera experimentado que era importante, si hubiera sabido que creían en mi, si mis padres hubieran respetado mis sentimientos en lugar de culpabilizarlos, si alguien a mi lado me hubiera repetido muchas veces: ¡ama la vida, crece, no tengas miedo! … si algo de eso hubiera sucedido, no estaría ahora hablando con Vd., habría aprendido a respetarme, tendría un poco de fe en mi mismo y no desconfiaría de quienes se aproximan a mí porque me sentiría digno de ser amado”.
V.Satir, terapeuta de dilatadísima y fecunda experiencia profesional expresa su profundo convencimiento de que el factor clave de todo lo que acontece tanto dentro de las personas como entre ellas es el nivel de autoestima que cada cual tiene de sí mismo.

Los valores positivos se manifiestan con facilidad en las personas que se quieren bien. Son todas aquellas que se sienten importantes, confían en sus posibilidades, ven en los demás compañeros y no competidores, respiran seguridad, aceptan todo lo bueno que hay en ellos y también los aspectos más oscuros y negativos y, al hacerlo así, aumentan su capacidad para apreciar los valores de su prójimo y para tolerar sus deficiencias. Quienes, por el contrario, poseen un autoconcepto negativo se instalan en el temor y el aislamiento, cultivan la soledad y la desconfianza, se sienten permanentemente amenazados y con escasa fuerza para hacer frente a las dificultades que, inevitablemente depara toda existencia. No es fácil, por tanto, quitarle la razón a Goethe cuando decía que lo peor que le puede pasar a un hombre es llegar a pensar mal de si mismo.

Es muy importante pues, cultivar la propia autoestima y alentar, desde ella, el autoconcepto positivo de los demás. Ello nos exige aprender un estilo de relación desde el que sepamos trasmitir a quienes nos rodean aceptación y respeto. Son muchas las personas que subestiman sus capacidades. Se miran en los espejos del alma y se descubren un perfil interior lleno de aristas, de desproporciones, de carencias. Y no se gustan. De ahí, que uno de los mejores regalos que podemos que podemos ofrecerles es nuestra negativa a aceptar el pobre concepto que han adquirido de sí mismos, ayudándoles a descubrir sus potencialidades y sacando a la luz tantos sentimientos generosos, tantas cualidades no explotadas, tantos rasgos de personalidad, indudablemente positivos, que yacen, medrosamente ocultos en lo mas hondo de sus conciencias.

La autoestima se aprende en el seno de la propia familia

La misma V.Satir ha afirmado que no existen genes que trasmitan el sentido del valor propio. La autoestima es algo que aprendemos en el contexto familiar. Desde que nacemos vamos construyendo nuestra autoimagen integrando los mensajes, que respecto a nuestro valor como personas, nos llegan de los más próximos. Las palabras, los gestos, el propio comportamiento de los padres le está haciendo llegar permanentemente a un niño información acerca de su estimación en tanto que ser humano. Por eso en las familias funcionales y auténticamente nutridoras donde se respetan las diferencias individuales, se toleran los errores y se facilita la comunicación de los sentimientos más hondos, los niños aprenden a confiar en si mismos y se asoman a la vida con esperanza, ajenos a todo temor y libres de toda culpabilidad.
Nada mejor podemos hacer, pues, por nuestros hijos para que alcancen el éxito en su vida personal que positivizar la imagen que se van formando de si mismos. “Cuando un niño aprende a quererse, a confiar, a tener un alto concepto de sí mismo y a respetarse –dice el Dr.W.W.Dyer- en “La Felicidad de nuestros hijos” no hay literalmente obstáculo para su total realización como ser humano”. Si aprendemos a tratarles y aún a mirarles como personas valiosas e importantes, si vencemos el estúpido pudor de nos impide verbalizarles lo feliz que nos hace tenerlos como hijos, si sabemos inculcarles la idea de que su llegada a este mundo ha sido una de las experiencias mas hermosas de nuestra vida, el niño acaba por interiorizar esos mensajes y se va adentrando en la existencia lleno de confianza, pletórico de fe en si mismo, absolutamente convencido de su valía y de su dignidad. Si por el contrario, le llenamos de descalificaciones, si somos con ellos mezquinos en la caricia, si les hurtamos estímulos y apoyos, si sembramos en sus almas la semilla del recelo y la desconfianza, tendremos sobradas razones para pensar que estamos creando individuos recelosos y tristes con todas las garantías de que acaben engrosando las listas donde se inscriben quienes se sienten frustrados o se saben fracasados.

Lo que siempre debemos evitar

Si queremos educar a nuestros hijos en la autoestima sugiero, en primer lugar, que comencemos por desterrar ciertas conductas manifiestamente perniciosas.

· Decirles que son “malos”
Un niño nunca lo es. No es posible ser malo a los dos, ni a los cinco, ni a los siete años…. Visitando una familia amiga, me quedé fuertemente impresionado al observar como todos los adultos, padres, abuelos, tía-abuela, coincidían en calificar a un niño de apenas tres años como “malo”. La criatura había llegado a identificarse de tal forma con tan torpe definición que si le preguntabas ¿qué es el niño? Respondía de inmediato en su media lengua de trapo “¡malo!”. Traté de comentar con los padres del niño la inconveniencia de trasmitir al niño semejante mensaje. Desgraciadamente tengo sobradas razones para sospechar que mi sugerencia nunca fue atendida. Debiera, en cualquier caso, quedar bien claro que el sentimiento de autovaloración de un niño quedará gravemente lesionado con este tipo de descalificaciones que le inducen a percibirse como un ser marginal, permanentemente enfrentado a los valores de los demás y constantemente acreedor del reproche de quienes, en principio, debiera recibir mimo, ternura, aceptación incondicional.
· Sorprender permanentemente a los niños haciendo algo mal.
Cuando me encuentro en mis sesiones de terapia con familias o con parejas muy habituadas a “ perseguirse” mutuamente, les suelo pedir, como ejercicio práctico, que, durante un cierto periodo de tiempo, dejen de fijarse en los lados oscuros de sus “vecinos” y traten de descubrir en ellos aspectos positivos o actitudes constructivas. Me confiesan que es esta una actividad en la que no les es fácil alcanzar el éxito. Yo creo que se trata, simplemente, de falta de costumbre. Hay, en efecto, una tendencia muy generalizada a “cazar” al otro haciendo siempre algo mal. Esta conducta está especialmente extendida con respecto a los niños y es particularmente perniciosa. Cuando un niño se siente constantemente “cogido en fuera de juego” acaba por asumir que ésa es su condición natural y percibiéndose a sí mismo como perdedor, como sospechoso, como poco fiable, como merecedor de reproches…

Regatearles responsabilidades y capacidad de asumir tareas
No dar responsabilidades a los propios hijos y hacer por ellos lo que muy bien son capaces de ejecutar ellos mismos es otra forma sutil de reducir su autoestima y socavar la confianza en sí mismos. Poner en duda su habilidad para realizar correctamente sus tareas o hacerlas nosotros en su lugar contribuye a crear individuos perezosos e inhibidos cuya autopercepción está llena de sombras y teñida de inseguridad y desconfianza. Hace algunos días, atendía a una madre que me confesaba su grave preocupación porque su hijo de doce años se mostraba cada vez mas retraído, tenía dificultades para relacionarse con sus compañeros de colegio y mostraba graves síntomas de incompetencia hasta para las tareas más elementales. No tardé en descubrir algunos datos que explicaban perfectamente esa situación: a los doce años la mamá seguía calzando al niño, -vestirse se viste solo él- me decía; la chica interna que tenía en la casa, una señora mayor que había estado con la familia toda la vida, le daba literalmente el desayuno (“de lo contrario no llega puntual al colegio”, justificaba la madre); cuando este jovencito se disponía a salir a la calle escuchaba siempre el mismo sermón de que tuviera cuidado con el semáforo de la esquina… En el fondo, salvando la buena voluntad que no puedo regatear a aquella madre, este niño estaba recibiendo constantes mensajes de que no valía, de que era débil, de que seguía siendo pequeño, de que era, en definitiva, un perfecto incompetente.. Y así estaban las consecuencias.

· Compararlos con otros
Compara a un niño con sus hermanos, primos, vecinos o conocidos es, desgraciadamente una práctica bastante extendida. Se suele recurrir para justificar esta práctica, al supuesto erróneo de que eso les sirve de acicate y les estimula. Nada más falso. Comparar a un muchacho con sus próximos más exitosos es una forma inequívoca de no valorarle a él como ser único e irrepetible que tiene el derecho y hasta el deber de ser distinto y, siéndolo, buscar a su vez la excelencia. Todos cuanto trabajamos en terapia hemos escuchado muchas veces el lamento de quienes nos confiesan el daño irreparable que sufrieron en su propia autoestima al sentirse descalificados por comparaciones en las que, por supuesto, no salían precisamente demasiado bien parados.

· Negarse a tocarlos, a acariciarlos, a besarlos.
Aunque pueda parecer sorprendente hay muchos padres que encuentran grandes dificultades para mantener relaciones de proximidad con sus propios hijos. Suelen argumentar que no desean hacer de ellos unos “blandengues” y que de sobra saben sus hijos que les quieren. Seguramente no están en lo cierto. Los niños que no se sienten “tocados”, “achuchados” pueden dudar de su propio valor y creerse indignos de ser amados. Decía G. Eliot, “no solo me gusta que me quieran, sino también que me digan que me quieren. Creo que para silencios ya basta con los de la tumba”. Todo eso es bien cierto. No es suficiente con querer a los hijos, también es preciso hacérselo notar, reiterárselo, repetirles una y otra vez el claro mensaje de “te quiero”. Si escatimamos esas palabras mágicas y hurtamos mimos y caricias estamos propiciando que nuestros hijos puedan poner en tela de juicio su propio valor como personas dignas de ser amadas.



Lo que siempre deberíamos practicar

Si bien hasta aquí he venido subrayando algunos comportamientos que debieran ser definitivamente desterrados, no quiero dejar de señalar, ahora, algunas conductas o actitudes que, por el contrario, pueden ayudar a adquirir una buena autoestima.

· Reconocer la individualidad de cada uno de nuestros hijos.
Se trata, ni más ni menos, de aceptar a cada uno como creación única que guarda dentro de su alma todo el potencial que le puede permitir realizarse como ser autónomo y libre. Que se sienta tratado habitualmente así, aprende a percibirse también de ese mismo modo. Si permitimos a nuestros hijos ser diferentes, danzar su propia música y componer el guión de su propia vida, estamos creando las mejores condiciones para que edifiquen su personalidad sobre las bases de la confianza en si mismos y sobre los cimientos de un bien entendido “amor propio” que pueda garantizar la apertura confiada hacia los otros y el respeto por lo que ellos representan.

· Quererlos por lo que son, nunca por lo que hacen
La dignidad de un ser humano no puede depender nunca de lo que hace o de lo que tiene. Las personas somos apreciables por el mero hecho de existir. Ni más ni menos. La valoración no puede venir condicionada por el éxito o el fracaso de las actividades que podamos emprender. De ahí que, en nuestras relaciones con los hijos, hemos de aprender a expresarles con palabras y con gestos que, para nosotros, son siempre dignos de amor y de respeto con independencia de lo que hacen o dejan de hacer. Mensajes de este tipo trasmiten seguridad y afianzan la autoestima de quienes se saben incondicionalmente queridos con independencia de los éxitos que puedan cosechar o de los errores en que pudieran incurrir.

· Contagiarles amor a la vida
Se me lamentaba hace algunos días un padre, de lo inseguro, de lo agresivo y de lo encerrado en sí mismo que se estaba volviendo su hijo de trece años. Eso sí, el hombre que había tenido una infancia difícil se había ocupado hasta ahora de “venderle" a su hijo que “no se fiara de nadie”, “que aquí quien no pisa es pisado”, “que había que hacerse el duro porque la vida misma es muy dura”…. ¡Cómo se había estado equivocando!.
Los niños que viven en ambientes amables aprenden a ser positivos con respecto a sí mismos y con respecto a los demás. Los padres tenemos siempre la oportunidad de mostrar a nuestros hijos con la fuerza del ejemplo la alegría de estar vivos, podemos agradecer ante ellos el don de la vida que se nos regala cada mañana, podemos hacerles ver que allí donde nos encontremos puede acabar convirtiéndose en un buen lugar para vivir, que nuestra época no tiene que ser más difícil que otras épocas, que tenemos sobrados recursos para triunfar y ser felices.

· Mostrarles confianza
Confiar en su habilidad para escoger sus propios amigos, para elegir su propia ropa, para cultivar sus propias aficiones. La confianza genera siempre confianza. Si nosotros confiamos en nuestros hijos, ellos aprenderán a confiar en sí mismos.

· Regalarles nuestro tiempo
¡Qué bien nos encontramos cuando alguien que consideramos importante nos dedica su tiempo!. ¡Cómo aumenta entonces nuestra autoestima!. No me cansaré de insistir en la importancia que seamos pródigos en el tiempo que dedicamos a nuestros hijos, a sus lecturas, no considerar nunca que “perdemos el tiempo” recordándoles historias de cuando eran pequeños o comentándoles la alegría con que vivimos su llegada a este mundo, la fascinación con que les vimos dar sus primeros pasos o pronunciar sus primeras palabras…. , son otras tantas formas de favorecer que se perciban a sí mismos como personas estupendas, incondicionalmente dignos de estima y merecedores de nuestro más alto aprecio.

· Y predicarles con el ejemplo.
Finalmente, quiero concluir subrayando que el mejor modo de inspirar una buena autoestima en nuestros hijos es –como ha puesto de relieve N.Branden en “Cómo mejorar su autoestima”- que aprendamos a cultivarla en nosotros mismos. Si somos serenos inspiraremos serenidad, si somos felices irradiaremos felicidad, si nos mostramos veraces despertaremos amor a la verdad, si vivimos potenciando lo mejor que hay en nosotros, tendremos mas posibilidades de extraer lo mejor de los otros.